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Las inevitables enfermedades de nuestros niños

Dr. Fernando Prego, Neonatólogo y Pediatra

Con los cambios de clima, los niños están más propensos a enfermarse. Algo necesario, para que sus cuerpos después puedan defenderse.

Cada comienzo de otoño, con los primeros cambios de clima, con los primeros frescos y, fundamentalmente, con el comienzo de la actividad escolar y preescolar, reaparecen los primeros resfríos y las primeras fiebres del año.

No sólo está terminando el buen tiempo, también lo hacen las vacaciones. Ellas son un buen período de descanso, de recuperación; cuando se puede, también de playa y de sol. Las enfermedades no son tan frecuentes en esos días, por tanto, son vacaciones también para los pediatras. Pero todo lo bueno termina de alguna manera y con los cambios estacionales resurge el válido interés de los padres por saber cómo cuidar mejor a sus hijos. Es bueno recordar algunas cosas sobre el proceso de formación de defensas en el cuerpo humano.

Muchos padres experientes saben que estos primeros resfríos y fiebres son normales. Pero para los que recién este año se enfrentan a la experiencia, la frecuencia de estos padecimientos puede llegar a asustar y, en el mejor de los casos, a preocupar.

Frente a estas preocupaciones, los pediatras solemos insistir en que es con el inicio de la vida social que comienzan las enfermedades de nuestros pequeños. La vida social por excelencia es la actividad escolar y preescolar. Insistimos también en una mala noticia, poco podemos hacer para evitar las enfermedades producidas en la escolarización de nuestros hijos.

No hay magia en este proceso. Todos los seres humanos fabricamos nuestras propias defensas contra los diferentes gérmenes. En general, éstas son eficientes y logran que, con algún trastabilleo, podamos combatir a los microbios y no enfermar o hacerlo de manera leve.

El cuerpo del recién nacido está virgen de estos agentes. Nacemos heredando defensas que nuestra madre nos cedió generosamente mientras estábamos en su vientre. Son anticuerpos contra aquellas enfermedades que ha tenido y muchos otros fabricados por efectos de vacunas que haya recibido. Con la alimentación a pecho se renuevan esas defensas, por el tiempo que se mantenga la lactancia. Este mecanismo es casi exclusivo por los primeros seis meses de vida, momento en que el bebe comienza, recién y de manera cada vez más eficiente, a fabricar sus propios anticuerpos. Ahora otra mala noticia: la única manera de que el cuerpo fabrique anticuerpos es tomando contacto con los gérmenes.

Los microbios, todos ellos, tienen sustancias que se comportan como antígenos. Los antígenos son sustancias que provocan en el huésped, nuestro cuerpo, una reacción. Son reconocidos como enemigos por el cuerpo, entonces fabrica anticuerpos, o sea sustancias que los pueden neutralizar, y se apronta para, en un segundo encuentro, reconocerlos e intentar evitar que se multipliquen y, por lo tanto, evitar la enfermedad. Esto es inevitablemente así.

Los primeros microbios, y por lo tanto los primeros antígenos, van colonizando el tubo digestivo con los lactobacilos que recibe de la leche, la piel con las bacterias provenientes del contacto con la piel de sus padres, las vías respiratorias altas con los microbios que están suspendidos en el aire. Sólo tomando contacto con ellos el bebé podrá cultivar su "flora normal", que se encargará de mantener un equilibrio tal que no deje lugar a los patógenos.

Pero para defenderse de estos patógenos, tiene que fabricar anticuerpos y para fabricar anticuerpos tiene que haber estado en contacto, haber sido invadido de alguna forma, por esos microbios. Y eso implica enfermedad.

Este es el mecanismo en el que se apoyan las vacunas. Introduzco en el cuerpo un microbio muerto, o atenuado, o parte de él, de manera que el organismo lo reconozca, fabrique defensas contra él y, cuando lo vea nuevamente, lo combata. Es una enfermedad. Una enfermedad pequeña y controlada, pero enfermedad al fin. Todos hemos visto como las vacunas producen fiebre y reacciones no agradables en nuestros hijos. Es un riesgo y un malestar calculado: pasan mal un ratito y se libran de una enfermedad más compleja.

Así funciona, nuestros hijos DEBEN enfermar para que puedan después defenderse.

Esto no quiere decir que los quebrantos sean cosas banales y que no debamos darle importancia. Muy por el contrario. Cada uno de esos cuadros infecciosos debe ser atendido como corresponde, brindándole los cuidados que amerite para evitar complicaciones, consultando con el pediatra tratante y siguiendo sus consejos.

Pero es bueno que los padres, los primerizos y los experientes, sepan y recuerden que estas enfermedades son habituales y frecuentes, que es el riesgo de "salir del cascarón"; es la única manera de que aprendan a defenderse y de que consigan armas para lograrlo.

Es entendible que estas aseveraciones puedan preocupar a los padres. Lógicamente, la idea no es inquietarlos, pero debemos recordarles que la salud – así como todo aprendizaje - requiere tropezones, malos momentos, alegrías y tristezas. El resultado final será tanto más bueno en cuanto el camino haya sido recorrido en forma adecuada. La tarea de padres y pediatras es acompañarlos, cada uno desde su rol, en ese largo trayecto que es madurar.

Esta maduración, costosa y llena de ripios para el niño, y de incertidumbres y temores para los padres, nos pone a prueba en forma diaria. Son muchas las preguntas que podemos hacernos, para intentar equivocarnos menos. El pediatra es la persona adecuada con quien compartir estas dudas. A él se debe recurrir cada vez que surjan inconvenientes y cada vez que el niño enferme.

Una buena pregunta para hacer al pediatra, sobre todo después del tercer o cuarto quebranto de salud del niño, es cómo podemos hacer para que tenga buenas defensas. Vuelvo a decirlo: no hay magia, algunos quebrantos son normales y hasta necesarios, por todo lo que venimos explicando. Sin embargo, hay varios aspectos que podemos atender y cuidar: un niño criado en un ambiente adecuado, que lo contenga emocionalmente, que lo apoye en sus logros y le tolere y apañe los fracasos; un niño que pueda comer de forma adecuada y balanceada, que tome aire, sol, que descanse y juegue, que no esté sometido a riesgos innecesarios, que se relacione con sus pares y que concurra regularmente a los controles médicos, estará en inmejorables condiciones para defenderse.

Así como en el proceso de aprender a caminar, la sobreprotección - que no permite la caída, que evita todos los tropiezos, que inhibe el impulso de arriesgar - sólo posterga la maduración deseada, en el área de la salud nos puede suceder lo mismo. Si evitamos que nuestro hijo salga, que se relacione con otros, que tome frío o que alguna vez se moje, estaremos, en vez de ayudándolo, interfiriendo en su crecimiento.

Hemos hablado de vida social, contacto con pares, contacto con gérmenes y enfermedades consiguientes. Podría ser una pregunta válida: ¿qué edad es la mejor para que esta aventura comience?, ¿cuándo comenzar una escolarización? No hay plazos que se deban cumplir a rajatabla. Los psicólogos hablan de dos años como el mejor momento para que comiencen estas actividades, pero esto está más relacionado con la madurez, la posibilidad de haber dejado los pañales, de un mejor lenguaje, que con el tema que nos ocupa hoy. Simplemente hay que tener en cuenta que el primer año en que el niño sale de su ambiente, enferma con frecuencia. El siguiente año lo hace menos y al tercero casi no enfermará.

La frecuencia “normal” de enfermedades en el primer año de jardín del niño es variable. Va a depender del año, del clima, de la virulencia de los gérmenes, de las epidemias. En ese primer año de vida social los niños enferman, faltan a clase, curan, vuelven a clase y vuelven a enfermar. No están fallados. No están mal de defensas. Simplemente aún no las han creado. Y la manera de hacerlo es, como decíamos y decimos: enfermando.

Por diversas razones sociales, laborales y logísticas, en muchos hogares los bebes deben salir de casa a edades tempranas. En estos casos, como en todos, los padres no deben atormentarse. No hay UNA forma correcta de hacer las cosas, la idea es hacer lo mejor que PODAMOS en cada caso. Con responsabilidad, pero sin culpas. Sacar el mejor provecho del momento que nos tocó vivir es la tarea que como padres deberemos encarar.
 

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