tu bebé

Salud

Imprimir Enviar

Cuidados especiales en pediatría

Fernando Prego

La tecnología avanza a una velocidad que al cerebro, o al alma en realidad, le cuesta acompañar. Los cuidados intensivos son un buen ejemplo de a dónde estamos llegando y un desafío de a dónde podremos llegar. Y eso es bueno.

 Pero cuando un hijo, cualquiera sea su edad, debe ingresar a un centro de cuidados especiales, nos asaltan sensaciones y pensamientos ambivalentes. Por un lado, está lo obvio: la confianza en la tecnología, la posibilidad de mejor vigilancia, los mayores recursos. Lo que es verdad.
Estos centros suelen ser de dos tipos: polivalentes (recién nacidos y niños grandes en una misma área, en sectores diferentes y a cargo de médicos diferentes) o diferenciados (neonatal, niños grandes, cardiológico, entre otros.), donde solo ingresan pacientes de esa edad o patología específica. Se especializan en cuidar niños con funciones vitales en riesgo de fallar, mientras estén en esa situación, y están equipados para hacerlo: respiradores de última generación, monitores que registran la actividad casi a cualquier nivel, cardiodesfibriladores, bombas para administrar medicación y sueros en la cantidad justa y a la velocidad requerida, antibióticos especiales son algunas de las armas con que cuentan.
Está, además, el factor humano. Es el lugar donde más personas cuidan a menos pacientes: un enfermero especializado por cada paciente grave, en cada turno, o uno para cada dos menos graves o uno por cada tres en prealta, con pacientes ya estables y próximos a pasar a otros sectores. A eso se suman los médicos formados para esa disciplina y las interconsultas con los especialistas. Todo esto es lo bueno.
Pero por otro lado, nos embarga otro sentimiento que es, seguramente más complejo, y pasa por reconocer que por algo tiene que ir al CTI. La sola posibilidad de que un hijo esté en riesgo de vida es de por sí aterradora. Es probablemente la experiencia más dura que puedan experimentar los padres. Difícil de procesar y de aceptar. Tenemos que entregar a los hijos al cuidado de otros, que no conocemos, someternos a horarios y rutinas que nos imponen, delegar nuestras funciones de padres, aceptar que un niño que estaba bien hasta ayer, hoy esté grave, o que un recién nacido, que no esperábamos hasta dentro de dos o tres meses, ya haya nacido y no hayamos siquiera podido tenerlo en brazos y que si lo visitamos será como pidiendo permiso.
La medicina, luego de haber pasado por un largo período al que podríamos llamar de “deshumanización” (donde se priorizaron los avances tecnológicos y fue quedando detrás lo que siempre había sabido hacer: el sostener una mano o escuchar), viene recorriendo un camino de madurez, donde coexisten lo moderno con el respeto por la persona. En este contexto ha ido cambiando la dinámica de funcionamiento en los CTI, flexibilizando los horarios de visita, la permanencia de los padres junto a los hijos, la visita de abuelos, hermanos o familiares cercanos y, tal vez lo más importante, designando personas que no solo supervisan la evolución de los niños, sino que son los encargados de brindar a los padres la información sobre esa evolución, acordando con ellos posibilidades terapéuticas o conductas médicas. En muchos de ellos, también, existen grupos coordinados por psicólogos para aprender a manejar estos sentimientos encontrados y para optimizar la ayuda que todos, familiares y médicos en conjunto, debemos darle a estos pequeños.
Es que los equipos médicos han aprendido que no hay niños enfermos sino familias enfermas, y atender las necesidades, oír y acompañarlos en ese duro trance es una tarea tan importante como indicar un antibiótico o cambiar los parámetros de un respirador.

Temas relacionados