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El frío en los niños

Dr. Fernando Prego

Se ha terminado el buen tiempo y estamos sentiendo los fríos del invierno, y con esto aparecen los resfríos, las gripes, fiebres, etc.

Los pediatras solemos insistir en que con el comienzo de la vida social, empiezan las enfermedades de nuestros pequeños, con los fríos las afecciones respiratorias se multiplican y debemos maximizar los cuidados, más con los preescolares; aunque en realidad es poco lo que podemos hacer para evitarlo.

No hay magia en esto. El que estén bien nutridos, que reciban dietas balanceadas, buen aporte de vitaminas naturales, que hayan disfrutado del aire libre, que concurran a sus controles médicos regularmente, es la mejor manera de afrontar el desafío. Pero es bueno saber que la única manera de que el cuerpo fabrique anticuerpos es tomando contacto con los microbios y sus antígenos.

Los microbios, todos ellos, tienen sustancias que se comportan como antígenos. Esto es sustancias que provocan en el huésped, nuestro cuerpo, una reacción. Son reconocidos como enemigos por el cuerpo. Entonces fabrica anticuerpos, o sea sustancias que lo pueden neutralizar, y se apronta para un segundo encuentro, en el que lo reconocerá e intentará evitar que se multiplique.

Esto es así. Para que el cuerpo fabrique anticuerpos, tiene que haber estado en contacto con antígenos. Y esto, en la mayor parte de las veces es sinónimo de enfermedad.

Para intentar aclarar este punto: el cuerpo del recién nacido está virgen de microbios, por lo tanto de antígenos externos. No ha formado anticuerpos que lo defiendan. Depende de los que la madre le pase durante la gestación y de lo que le siga pasando con la lactancia natural. Estos son suficientes y eficientes más o menos hasta los seis meses de edad, cuando el organismo de este lactante comienza a fabricar cantidad razonable de sus propias defensas.

Los primeros microbios, y por lo tanto los primeros antígenos, van colonizando el tubo digestivo con los lactobacilos que recibe de la leche, la piel con las bacterias provenientes del contacto con la piel de sus padres, las vías respiratorias altas con los microbios que están suspendidos en el aire.

Solo tomando contacto con ellos podrá cultivar su “flora normal”, que se encargará de mantener un equilibrio tal que no deje lugar a los patógenos. Pero para defenderse de estos patógenos, tiene que fabricar anticuerpos y para fabricar anticuerpos tiene que haber estado en contacto, haber sido invadido de alguna forma, por esos microbios y sus antígenos. Y eso implica enfermedad.

Este es el mecanismo en el que se apoyan las vacunas. Introduzco en el cuerpo un microbio muerto, o atenuado, o parte de él, de manera que el organismo lo reconozca, fabrique defensas contra él y, cuando lo vea nuevamente lo combata.

Esto es una enfermedad. Una enfermedad pequeña y controlada, pero enfermedad al fin. Todos hemos visto como las vacunas producen fiebre y reacciones no agradables en nuestros hijos. Es un riesgo y un malestar calculado: pasan mal un ratito y se libran de una enfermedad.

Así funciona esto. Nuestros hijos deben enfermar para que puedan después defenderse. Esto no quiere decir que los quebrantos sean cosas banales y que no debamos darle importancia. Muy por el contrario. Cada uno de esos cuadros infecciosos debe ser atendido como corresponde, evitando complicaciones, brindándole los cuidados que amerite, consultando con el Pediatra tratante y siguiendo sus consejos.

Pero es bueno que los padres, los primerizos y los experientes, sepan y recuerden que estas enfermedades son habituales y frecuentes, que es el riesgo de “salir del cascarón” pero, a su vez, es la única manera de que aprendan a defenderse y de que consigan armas para lograrlo.
 

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