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El pediatra y la familia

Dr. Fernando Prego

La relación entre el medico y la familia, debe basarse en la confianza.

La especialización en pediatría es de las más gratificantes de la medicina. Los niños suelen ser sanos. A su vez, cuando enferman, tienen de a una enfermedad por vez y las serias o graves los acosan pocas veces. Lo que abunda son quebrantos de salud pasajeros y banales.

El pediatra pierde a sus pacientes cuando se hacen grandes; hombres o mujeres. Muchas veces los han acompañado desde el nacimiento y verlos irse es un orgullo. Ha sido testigo activo de los cambios y de los logros y ha colaborado con su granito de arena en ellos.

El 90 y pico % de los recién nacidos es normal y no requiere mucho del neonatólogo. Después, ya en la casa, en los días y meses siguientes, lo que este hará será fundamentalmente acompañar a esa familia, actuar como un respaldo, intentar tranquilizar, ubicar y justipreciar las experiencias, buenas y malas, que se tienen con los hijos.

Por esto, la relación entre el medico y la familia, debe basarse en la confianza. En que se hable un idioma compartido y que la comunicación pueda ser fluida. Saber que se puede contar con el pediatra, muchas veces hace que no se le necesite. O sea “encaramos esa aventura de criar hijos con más libertad si sabemos que la ayuda está ahí, que no vamos a estar solos”.

Largo camino recorren, el pediatra y los padres, compartiendo sustos, temores, enfermedades o, simplemente, el devenir de la vida. A veces, este medico, que conoce el funcionamiento de esa familia, que ha visto crecer a esos niños y a esos padres, puede ayudar a cambiar el enfoque de problemas como los límites, el sueño o la comida.

Pero todo esto no hace que la tarea del pediatra sea simplemente aconsejar con sentido común. Creo, esto es una opinión personal, que el médico en general y el pediatra en particular, debe sí, abandonar la actitud paternalista que usaban nuestros mayores y compartir con la familia los temores y las posibilidades de las diferentes enfermedades. La información hace que se trabaje juntos. Pero dado que, por su formación, se piensa siempre de lo peor a lo mejor (no reconocer una enfermedad banal no es grave, pero sí lo es no hacerlo con una seria), debería aceptar que compartir TODAS las posibilidades de un síntoma puede, en vez de ayudar a los padres, crearles una preocupación innecesaria.

Es nuestra tarea, también, cuidarlos en ese aspecto. La relación ideal sería aquella en la cual los padres confían en su pediatra, aceptan la posibilidad de sus consejos, pero en la que también saben que no dejará de estar atento a los riesgos que puedan amenazarlo.

Y volvemos a lo de la confianza. Si esa ecuación no se da, lo mejor es cambiar de pediatra.

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