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Limitados? No! … Con límites

“Instruye al niño en su camino y aún cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios. 22-6). La falta de capacidad de los padres para cumplir con este consejo bíblico y ponerle límites a los hijos, es sin dudas uno de los grandes problemas de hoy.

Por: Psicóloga Gabriela Decaro Lafon

 Para muchos padres poner límites está asociado con una política autoritaria, por lo que resulta una tarea poco simpática.

El tema es que los límites no serán simpáticos pero son literalmente vitales, inherentes a la existencia misma  y clave para que los niños aprendan a vivir en un mundo social.

La importancia de los límites radica en su función: contener, guiar, prevenir, PROTEGER y brindar SEGURIDAD.

El deber prioritario de nosotros los padres, es la responsabilidad no delegable de educar a nuestros hijos.

En lo que me es personal, estoy convencida que tenemos que reencontrar el sentido de educar en los límites, porque es lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos hoy y de cara al futuro.

Educar exige de nosotros, ser no sólo padres sino también maestros y coaches (de ninguna manera sus amigos !).

Este duro pero maravilloso trabajo lleva: tiempo, dedicación, amor, firmeza, asertividad, coherencia, constancia, comunicación, compromiso y cercanía.

¿Cuándo empezar a poner límites? Desde el vamos. El bañito calentito siempre a la misma hora marca el fin del día. A través de esta rutina le estamos diciendo al bebe: “Bueno mi amor, es hora de dormir”. Eso es un límite.¿Cómo poner límites? Veamos algunos tips importantes a tener en cuenta:

·         Primero y principal: negociar previamente entre los padres los límites. ¿Dónde vamos a trazar las líneas de la cancha? Estar alineados y ser un bloque es muy importante. El trazado de la cancha obviamente, va a ser consecuente con los valores de la familia.

·         Cada etapa evolutiva tiene, por sus características, sus peculiaridades para la puesta de límites. No es lo mismo ponerle un límite a un niño pequeño que a un adolescente. Si no tenemos esto en cuenta y no nos adaptamos, es seguro que perderemos eficacia y eficiencia.  Cuando los niños son chiquitos debemos ser bien directivos, concretos, no tenemos chance de darles mucha explicación. No parece muy lógico que si tiene 1 año y va con los dedos rumbo al enchufe, nos sentemos a hablar de la corriente alterna y la corriente continua. Los apartamos del peligro y listo.

Cuando los chicos van creciendo, la idea es que los límites sean educativos, que podamos hablar con ellos y explicarles brevemente el sentido o la razón del límite.

Poner límites, no tiene que ver con ser autoritarios, imponer permanentemente restricciones en base a gritos, porque no sirve que obedezcan en el momento y que, por rebeldía, cuando nos demos vuelta repitan la conducta inadecuada.

 

Cuando explicamos, estamos valorando a nuestros hijos como personas capaces de comprender, y estamos favoreciendo un proceso de aprendizaje y por ende, la internalización del buen comportamiento que podrán  repetir incluso sin que nosotros estemos presentes.

 

Esto no significa que haya que explicar absolutamente todo. De vez en cuando un “porque lo digo yo” con un tono adecuado para mostrar quién está a cargo, no viene mal. Son necesarios equilibrio y sentido común.

 

·         Hay límites que son inapelables, lo que no quiere decir que no podamos escuchar las protestas, argumentos o ideas de nuestros hijos respecto a alguna norma, sobre todo cuando son más grandes.

 

·         Todos los niños emocionalmente sanos van a testear los límites. No porque sean niños, sino porque son humanos.. Es nuestro trabajo como padres, mantenernos firmes y mantenerlos enfocados en lo que pueden y no pueden hacer; en lo que está bien y lo que está mal. Los chicos tienen que aprender (a través de premios y castigos) que sus actos tienen consecuencias positivas o negativas para que aprendan a ajustar su comportamiento en función de ellas. Un sistema de normas estable (lo que hoy nos parece mal, mañana no puede ser una gracia), claro, razonable y cumplible, le ayuda al niño a saber predecir las consecuencias de su propia conducta, a asumir el control de su comportamiento y a ser responsables de sus acciones. Las consecuencias deben ser en lo posible, inmediatas y además, proporcionadas, que guarden una relación lógica con lo sucedido.  Por ejemplo: “Si no comés la comida, no tenés postre”.

 

·         Ser coherentes es fundamental.  Si no vivimos lo que enseñamos, en algún momento todo lo que dijimos, se verá arrastrado por el descrédito. Si nosotros, los adultos, no vivimos de acuerdo a los límites que ponemos, será imposible que eduquemos a nuestros hijos en ellos. Podremos imponerlos, pero no transmitirlos.  “A mí no me grites!” (Gritándoles).

 

·         Los límites son un acto de amor. No poner límites, bajo el slogan “para que no sufra y sea feliz”, le asegurará a ese niño un sufrimiento mayor, pero a futuro. La falta de límites transforma a los niños en seres desorientados, a la deriva, sin referencias, inseguros, temerosos y como dice Sergio Sinay, en “hijos huérfanos de padres vivos y convivientes”.

 

Si recordamos esto frecuentemente, quizás tengamos menos dificultades para decir NO cuantas veces sea necesario (para dar valor al si) y aprender a dejarlos llorar. Todas las personas, en el curso de su desarrollo, se ven enfrentadas a momentos en los que las cosas no salen como lo esperaban, o no se cumplen sus expectativas. La frustración es necesaria, ayuda a generar nuevos recursos, a ganar experiencia, a saber lidiar con los imposibles del momento, y con las emociones que eso provoca, entrenando la paciencia y el auto control. El niño aprenderá que las necesidades no se satisfacen automáticamente, que muchas veces demandan esfuerzo personal y tiempo.

 

Es hora que dejemos de preguntarnos qué mundo les estamos dejando a nuestros hijos para empezar a preguntarnos qué hijos le dejaremos a este mundo, y asumir esa responsabilidad.

 

Manos a la obra!

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