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La vergüenza: Una emoción disruptora

Estamos en verano y muchos de nosotros, gozando de las ansiadas vacaciones, sin embargo… para más de uno la playa, la exposición corporal, la vestimenta del verano les resulta tortuosa, por no estar a la altura de las circunstancias…

Por: Psic. Olga María Sienra

La incomodidad de no vernos como esperamos o como suponemos que los demás esperan vernos, puede generar mucho desasosiego, con conductas evitativas, ya no de prendas, como bikinis, dos piezas, sino incluso evitando las actividades que este tiempo estival permite.

Esto puede ser un tema de autoimagen, falta de autoestima, niveles muy altos de exigencia, cada caso será particular, lo que es general es la emoción que invade estas situaciones, es nada más y nada menos que la vergüenza.

La vergüenza es una emoción, no hay un consenso, se especula que es adquirida y no innata, es más, para algunos autores se instalaría aproximadamente a los dos años de edad.

Para ponernos de acuerdo me gustaría partir de la definición que nos da el diccionario de emoción: etimológicamente, el término emoción viene del latín emotĭo, -ōnis que significa el impulso que induce la acción.

Los seres humanos llegamos al mundo con una serie de emociones básicas, que son biológicamente adaptativas.

Las emociones innatas serían la ira, la tristeza, el temor, el asco, la alegría-felicidad, y seguramente nos resulte familiar la forma en la cual se manifiestan o expresan las mismas, basta con observar las reacciones de un bebe recién nacido.

Las emociones son la resultante de aquello que sentimos, percibimos o pensamos y por otro lado la acción específica a través de la cual fluye nuestra energía.  Por ejemplo, en la ira vamos a encontrar una reacción corporal que se expresará a través de un golpe o un puntapié, y en forma paralela una sensación y pensamiento de que hemos sido atropellados o agredidos.

En el caso de la tristeza, hay un comportamiento facial, gestual, claramente identificable,  y en forma paralela un pensamiento doloroso que sostiene la situación, en suma, más allá de los sentimientos y los pensamientos, que acompañan a nuestras emociones, siempre va a ver una descarga de energía, atribuible a las mismas.

Como veníamos diciendo las emociones nos movilizan, así como el miedo nos organiza para arrancar, la ira para golpear, la vergüenza para escondernos.

La vergüenza puede funcionar como un excelente ordenador social, indicándonos lo que corresponde y lo que no, este tipo de límite no generaría  ningún tipo de trauma, por el contrario, colabora a un comportamiento adaptativo, por ejemplo, me indica que he roto una norma social, que tiene que ver con mis valores, en relación con los demás.

A l referirnos a la vergüenza, vamos a hablar de un escenario conocido por todos, pautado por un enorme padecimiento vivido como una gran limitante o fracaso interpersonal, sin embargo esto no se correlaciona por el número de consultas en terapia.

Lo que sucede es que la vergüenza se esconde en situaciones muy complejas, como por ejemplo fobias sociales, depresiones, conductas evitativas, soledad, aislamiento, por lo tanto, es trabajo del terapeuta ir desentramando estas distintas presentaciones para llegar al núcleo de la problemática.

Antes mencionamos que la vergüenza nos lleva a escondernos. ¿A escondernos de que o de quien? Fundamentalmente de nosotros mismos, ya que este conflicto suele darse entre el yo y el sí mismo o “self”. Esto sería un conflicto interpersonal, por eso hablamos de emoción disruptora, ya que la energía no fluye en un golpe o una arcada, sino que queda estancada en nosotros mismos, generando un enorme malestar.

Además del conflicto interpersonal, también existe y abunda el “avergonzador externo”, siendo más proclives y vulnerables a este, los niños, adolecentes y personalidades inmaduras susceptibles a las observaciones del entorno familiar, laboral, académico, social en general.

El avergonzador externo puede ser tan real como una maestra de guardería indicándonos de forma no adecuada que nos hemos orinado, como una mirada o comentario suspicaz, que automáticamente lo tomamos como una crítica bochornosa.

El malestar físico asociado a la emoción vergüenza más temido es la eritrofobia (miedo a ruborizarse), es hacer consciente que cada una de las situaciones cotidianas, como sacar una entrada o una extraordinaria, como hablar en público, nos hará ver “rojos de vergüenza”. 

La vergüenza no la detectamos o bien la negamos ante nosotros mismos y ante los demás, por lo tanto, hay síntomas que serían interesantes tener en cuenta para saber si con ella convivimos, tales como el padecer vergüenza ajena, excesiva crítica al prójimo, busca de perfeccionismo, vida llena de normas y conductas evitativas.

En caso de sentirnos identificados, es aconsejable consultar a un terapeuta para que nos enseñe a autoevaluarnos en un contexto real sin que nos estemos exigiendo un “ciento uno por ciento”, ya que este calibre no existe y solo se corresponde a un yo ideal y no real.

 
 

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